Editorial
Fata Morgana se
complace presentar a todos Ustedes el libro "cincuenta memorias" por
Daniel de Laborde Iturbe, colaborador
intelectual-creativo de la misma, así como a leer el
siguiente
texto, donde explica los motivos que lo llevaron a darse y darnos este
regalo, en ocasión del cincuentenario de su vida.
Previamente, leamos lo que la Dra. María Abac comenta al
respecto…
Es
un trabajo psíquico, que le ha permitido integrar el
“ánima mundis” y hacer de ella su
inspiración
en la creación de un modo masculino diferente de percibir al
mundo y al él mismo.
Logra
mutar el estado físico de la proyección y de la
evocación a otro distinto --al sutil, al
psíquico, al del
alma--, donde ésta última, que generalmente
está
oculta, se manifiesta al exterior… logra que lo intangible
haga
presencia, mientras que lo tangible --o sea su aspecto sensible
corporal-- se sublima. Se percibe en imágenes, como las
fotografías de “Renata” y
“Marcela”, la
expresión de la naturaleza interior de su alma.
Un
espectador lo observa
(“El niño del barco”) y lo invita al
encuentro de
uno con el otro, lo invita a penetrar en el alma de los
demás y
de sí mismo, dándole la oportunidad de plasmar y
retener
en una fotografía la belleza de la esencia de ese momento,
que
dejó huella en su psique.
Queda
aquí
manifiesto el trabajo con el alma-psique, en la exposición y
fijación de los momentos que nos dejan marca, unos de dolor
y
otros de placer, pero que al final son los que permiten la
transformación de nuestro Ser.
Daniel, yo
como tu
maestra, acompañante del camino de tu alma --y por ello
también tu amiga--, te doy las gracias por este regalo,
emergido
del trabajo de estos años de peregrinación por tu
psique.
CINCUENTA
MEMORIAS
Daniel de Laborde
La cifra
tiene cierta magia. Estos años pasaron volando
y por
eso quise, a mi manera, hacer memoria y saqué mis
fotografías. Con ellas quiero, no sólo festejar,
sino
compartir cincuenta años con mis amigos.
Tuve que hacer una difícil selección de
imágenes
acumuladas en 35 años. El proceso, aunque largo, fue
sumamente
placentero: rememoré lugares, rostros e impresiones; vi,
como si
fuera la primera vez, fotografías en las cuales no
había
puesto atención. Fue como transportarme de nuevo a esos
instantes y releer un diario nunca escrito.
El buen ojo de Ricardo Salas fue una valiosa ayuda para llevar a cabo
la elección de los cincuenta retratos. No incluí
todos
los que he hecho, aquí están sólo
cincuenta;
varios se quedaron en cajas, pero muchos más aún,
habitan
mi mente.
En el transcurso de estos años, he tenido numerosos
encuentros.
Con algunos, apenas he cruzado palabra; de otros, yo diría
que
de la gran mayoría, guardo una imagen intacta: gestos,
movimientos o frases me dejaron una sensación de permanencia
difícil de expresar.
Este libro es un agradecimiento a todas las personas que tuve la
fortuna de conocer. Hay ausentes notables como mi padre quien, estoy
seguro, habría gozado este libro. Él fue siempre
un
observador de oficio y para fomentar y calar mi afición
me regaló una
Kodak
Retina de fuelle que aún conservo con
cariño. Más tarde, la cambié por una
cámara
de 35mm y luego hace apenas un año, brinqué a la
tecnología digital y de allí al uso de Photoshop.
En este
cuarto oscuro virtual, cerré el ciclo.
Mi relación con la fotografía comenzó
a los doce
años. En el internado ayudaba con otros muchachos a
revelar los retratos en blanco y negro de “Milou”
Guerrin,
maestro de matemáticas y fotógrafo apasionado.
Él
no usaba el exposímetro de su cámara. En el
cuarto oscuro
prescindía del segundero y en su lugar contaba:
Un Rolleiflex,
deux Rolleiflex… Stop! A mi corta edad,
probé el gusto
por el retrato, experimenté la impactante sencillez del
blanco y
negro y tuve el gozo de revelar mis propias fotos.
Poco a poco, mis retratos fueron cobrando un significado particular:
iba descubriendo a los demás a través de sus
miradas. En
realidad siempre fui curioso, pero la fotografía era un
pretexto para ver, observar y quedarme discretamente detrás
del
lente, sin exponerme demasiado. Frecuentemente, sentía que
mis
sujetos terminaban compartiendo más conmigo que yo con
ellos.
Con este libro, espero equilibrar simbólicamente esa
sensación y brindarles algo de mi.
La mayoría de mis retratos es de mujeres: un tema familiar
para
mi ya que vivo inmerso en el mundo femenino de mi esposa y tres
preciosas hijas. No puedo negar que las mujeres son un deleite, que el
contacto con ellas me resulta fácil y que sus miradas me
hablan.
Los dioses hicieron bien las cosas… En los
últimos
años, he notado que retratar hombres no me es tampoco
difícil a condición de relacionarme con su
aspecto
sensible, o mejor dicho, con el mío. La
fotografía sigue
revelándome mundos nuevos.
Los niños también ocupan un lugar en este libro.
En la
página 69 está uno de mis preferidos. El
pequeño estaba frente a mi en una lancha que nos llevaba a
una
isla al sur de Inglaterra por ahí de 1975.
Permaneció
viéndome sin moverse. Pude tranquilamente sacar mi
cámara
sin que él bajara los ojos. No hubo ni una palabra y sigo
tratando de entender qué quería decir o tal vez
preguntarme...
Mi maestra y amiga María Abac nos acicatea frecuentemente
diciéndonos que "El que no se arriesga, no deja huella",
afirmación particularmente significativa para alguien que se
siente cómodo detrás de una
cámara… Este
libro también se lo dedico a ella, así como a
todos mis
compañeros de los talleres de México y
Guadalajara por
compartir conmigo aspectos de su alma. El
exponerse para
mí significa
correr el riesgo de ser criticado. Me arriesgo a decepcionar, a ser
rechazado y obviamente a ser apreciado. Ahora recuerdo el entusiasmo
de muchos amigos al ver mis fotos. Dudaba de él. Me
tardé
años en entender que sus comentarios eran sinceros y que yo
no
los tomaba en cuenta, temeroso quizá de explorar
más
seriamente el camino del retrato.
50 Memorias
tal vez nunca habría visto el día, a no ser
por la “inocente” pregunta de Susana Quintanilla
hace unos
meses: ¿Qué piensas hacer para tus 50
años? Esta
pregunta, aparentemente inofensiva, me confrontó de nuevo
con mi
renuencia a exponerme, y coincidió con el interés
de
Teresa Ojeda por
exponer
mis retratos en “Los Placeres”, en
Malinalco. Por si quedaba alguna resistencia, Cristina Kahlo me
sugirió, clavándome una dulce estocada:
"¡No dejes
pasar la oportunidad de plasmar tu trabajo en un libro!" A estas tres
musas, les agradezco su confianza y les aseguro que con el tiempo
sabré hacer un recuento placentero ¡de
sus 50
años!
Carlos mi hermano ha sido un gran apoyo alentándome
constantemente; además, se ofreció generosamente
a cortar
las marialuisas y a montar los marcos para exponer las
fotografías en el Edificio San Carlos, en el Centro
Histórico de la Ciudad de México. Se lo agradezco
de todo
corazón. Exponer en este edificio es también una
manera
de honrar la añeja elección de mi familia materna
por
vivir en este entrañable país.
Agradezco el extraordinario apoyo de Ricardo Salas y su equipo de
FRONTESPIZIO de
Gabriel Figueroa Flores y María Fernanda Sánchez
Paredes,
quienes se encargaron de la larga tarea de
escanear viejos
negativos y
realizar las piezografias, y de Pierre Koloboff y su equipo de
GRETAG,
quienes hicieron posible la selección final con sus tirajes
especiales en blanco y negro.
Quiero agradecer a muchos más pero son tantos que es
imposible
mencionarlos. Confío en que se reconocerán en los
retratos de este libro, y si no, piensen, por favor, que guardo su
retrato en mi memoria y siempre me acompañan.
Quiero agradecer particularmente a mi esposa Marie-Aimée, a
Manuela, Pia y Camila, nuestras tres hijas. A Marie-Aimée
porque
en estos 20 años juntos su incesante creatividad y dinamismo
son un incentivo para abrirme, escuchar y explorar. A mis hijas, por
ser una fuente inagotable de felicidad, espontaneidad,
cariño,
sentido del humor y… ¡Por su paciencia como
modelos!
Malinalco, junio 2006